Juan Alejandro Rodríguez Hernández
Resumen
La educación para la salud exige de procesos de capacitación con significado, de estrategias formativas que tomen en cuenta la cultura que define a cada grupo social y su contexto. A este respecto, se aborda esta reflexión, colocando como ejemplo particular las maneras en que pueden percibirse y significarse la alimentación entre personas cuidadoras de la primera infancia.
La crianza es la práctica que provee tempranamente, desde el embarazo, de los cuidados y atenciones brindadas a los nuevos miembros de la familia. Asimismo, no todas las prácticas de crianza son iguales porque la cultura no es la misma para cada grupo social. Las maneras de alimentarse, por ejemplo, en el medio rural son distintas a las del medio urbano, dependiendo de la identidad y modo de significar su realidad. De ahí la conveniencia de abordar estrategias de alimentación saludable en la primera infancia que incluyan la participación de quienes están a cargo de su cuidado en el hogar, entre otras razones, porque “éste es el período en que se forman hábitos esenciales para la vida personal y en relación con otros: de alimentación adecuada, de higiene y orden personal y ambiental, de evacuación, de convivencia social” (Peralta y Fujimoto 1988, p. 24).
Palabras clave: Educación en salud, Primera infancia, Cultura
Introducción
En el contexto de diversidad cultural existente en nuestro país, es capital considerar las ideas, valores y significados de las personas con respecto a la salud, con la finalidad de construir relaciones basadas en el respeto y el diálogo. El diálogo es un modo de descubrir cómo un problema, una situación, un conocimiento o experiencia se comparten, cómo se relacionan las vidas y las bases comunes para la acción.
Esto significa acercarse a parte de la vida cotidiana local, que se vincula a las nociones populares, las creencias, expectativas, estereotipos, temores y mitos que existen en torno a lo que se entiende por enfermedad, salud, cuidado, prevención, protección, alimentación, etc. De aquí que el enfoque, estriba en conocer parte del contexto de las comunidades donde se requiera intervenir, con la intención de detonar actividades socio culturalmente pertinentes a las características de la población.
Para conseguir este propósito, se alude a la educación para la salud, adecuando la práctica pedagógica a la variabilidad socio cultural expresada por la coexistencia de diferentes grupos étnicos, personas con características sexo-genéricas diferentes o de grupos de edad desemejantes en una sociedad determinada; concibiendo a la educación para la salud como “proceso organizado y sistemático con el cual se busca orientar a las personas para que refuercen, modifiquen o sustituyan conductas, con la finalidad de conservar o mejorar su salud en lo individual, familiar y comunitario, y en relación con su ambiente” (Lasso 2001, p. 50).
Bajo este supuesto, los contenidos y las actividades deben desarrollarse asumiendo que la salud está relacionada con el aspecto económico, el ecosistema, la seguridad, etc., de las personas y las comunidades. Pero que estos temas se aborden, se concienticen y problematicen con adultos o personas cuidadoras de las infancias, en función de que éstas gozan de un conjunto de ideas, posibilidades y necesidades culturales que les hacen educar o criar de modo específico desde su papel de padres de familia, madres de familia y/o parientes, y por su protagonismo en las interacciones cotidianas que despliegan con las y los niños durante la primera infancia; etapa absolutamente determinante para la formación directa que repercute positiva o negativamente en el desarrollo de la inteligencia, la personalidad y el comportamiento social del párvulo (Peralta y Fujimoto 1988). Efectivamente, el término de cuidador o cuidadora se refiere a la persona responsable de la custodia o la protección del niño o la niña menor de 6 años, puede ser la mamá, el papá, el abuelo, la abuela, el tío, la tía, el hermano o hermana mayor, tutor/a, etc.
Desde esta perspectiva, cabe agregar que los lineamientos contenidos en la Convención de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes, señalan el derecho que tienen las madres y padres de familia, así como personas tutoras cuidadoras para llevar a cabo su responsabilidad en condiciones adecuadas (CONEVAL, 2023). Por ello, es necesario que el Estado, desde el sector salud, diseñe e implemente estrategias de educación para la salud con dirección a esta población.
Así, el propósito de este documento es reflexionar en la importancia de conocer los sentidos locales relativos a la alimentación en diferentes contextos, cuyas lecciones pueden abordarse con personas adultas encargadas del cuidado de las y los niños, a fin de favorecer prácticas positivas de salud y mejores niveles de vida, con apoyo de un proceso de capacitación.
Cultura y alimentación
Comer es un acto socializador que se da desde el nacimiento hasta la muerte de una persona. De la alimentación depende parte importante de la salud de nuestro organismo; desde el punto de vista antropológico, la alimentación es un elemento intrínseco a la cultura de un pueblo o una sociedad, esto es “las personas han acostumbrado un tipo particular de comida porque su medio se los ha propiciado, pero la comida ha cobrado un valor por estar asociada con experiencias gratas o desagradables” (Cardoso 2006, p. 82). Asimismo, el carácter social afectivo de la alimentación es un componente más que expresa el modo de vida de los habitantes, por lo que conocer las ideas inherentes a los alimentos en una comunidad o un grupo social contribuye a saber lo que eligen a partir de sus valores, percepción y conductas de comportamiento, en función de que “la comida, el hecho de comer, reviste significados asociados a vivencias distintas de lo estrictamente nutricional” (Cardoso 2006, p. 74). La fotografía 2 muestra la cosecha de maíz que dos menores viven, como parte de su cotidianeidad.

Fotografía 1. Cosecha de maíz.
Fuente: Marux Rodríguez Ramos, Alpanocan, Puebla, 2018.
Así, en muchas de las localidades que integran el territorio nacional, un núcleo importante de su población posee significados diversos en torno a los alimentos, otorgando mayor valor y relevancia el sabor y la consistencia de lo que comen, que sea agra dable y satisfaga, en contraposición al valor nutritivo y saludable del alimento. Asimismo, existe una influencia sólida del aspecto social afectivo, por lo que las convivencias familiares y comunitarias suelen condicionar cierto exceso en la ingestión de refrescos, grasas, hidratos de carbono, picantes, sal, etc., como sucede con las celebraciones patronales, los onomásticos, aniversarios, bautizos, bodas, fines de año escolar, reuniones familiares y de amigos/as.
En consecuencia, existen comunidades que aseve- ran que la carne de cerdo -por ejemplo- es dañina a la salud, que engorda y además no es nutritiva; sin embargo, es la que más se consume. Las razones: existen acuerdos de que se trata de una carne sabrosa, que satisface, que “se produce” localmente, y que por tanto, es de fácil acceso para las familias, a diferencia de otro tipo de proteínas de origen animal que sólo se consiguen en las cabeceras municipales o grandes ciudades, donde hay carnicerías, pescaderías o tiendas donde están disponibles. Otra característica de la carne de cerdo es su accesibilidad económica, esto es, en localidades rurales o rancherías puede conseguirse en facilidades de pago, opción que no es factible con la carne de res o borrego que tiene que ser con pago al contado.
Y también existen localidades en las que se acepta que la carne de cerdo no daña al organismo, ni es un alimento que propicie la obesidad de las personas. De hecho, cada fin de semana se come carne de cochino; predominan puestos de tacos y la gente acostumbra a comerla a la semana, mínimo, los días viernes, sábados y domingos; lo que no sucede con otros alimentos. Puede llegar a percibirse esta carne de cerdo como pesada para el organismo y que puede dañar la salud: “es veneno”, suele “esponjar la panza”. No obstante, es lo que más se consume por el sabor, el costo y porque es lo único o poco que se vende en la comunidad.
El pescado, por citar otra proteína de origen animal, es un alimento que en algunas zonas se consume poco, aunque sepan de su valor nutritivo y que es saludable, pues resulta poco asequible a su economía. Suelen señalar que es caro y en las localidades chicas se vende poco. Así, también hay lugares que conciben la carne de res como un alimento que cae pesado al organismo, dañino “por el ácido úrico”, y que propicia la gordura. En otro tenor, el mango –por ejemplo- lo perciben como un alimento cuyo consumo puede provocar vómito y obesidad, y que de consumirlo de manera excesiva, provoca sueño.
El hecho de que un alimento satisfaga, llene, sacie el estómago, es un factor que las personas valoran notablemente, pese a que sepan que es perjudicial. Así, el refresco, en varias localidades, representa un alimento que “nutre” al organismo. De hecho, hay lugares donde su consumo no se relaciona con la obesidad. Generalmente, coinciden que es sabroso, y se asocian con energía, pudiendo incluso considerarse que tienen algunas propiedades curativas (suele tomarse para controlar problemas digestivos, de diarrea, presión baja y dolor, incluso). Hay personas que reconocen su carácter dañino por perjudicar los riñones, provocando cálculos, pero anteponen su sabor, ante otros líquidos como el agua. También llegan a decir que “el refresco llena”, ayudando a mitigar el hambre y el sueño; expresando incluso que les da sosiego.
Estas percepciones dan referencia de características que marcan lo “bueno” y “malo”, lo que es recomendable o no, dependiendo del ingreso económico, las condiciones de seguridad, ecológicas, educativas, culturales e incluso afectivas. Esta información es compatible con los resultados de un estudio antropológico que se hizo con pacientes diabéticos en una colonia de Ciudad Nezahualcóyotl y en el Estado de Veracruz en que se describen los patrones culturales que se oponen al tratamiento médico dado por la institución de salud (Cardoso 2006, 2014).
Enfoque de la educación en salud
Por lo anterior, la mirada del educador/a en salud debe orientarse en recuperar los conocimientos actuales sobre cómo crían y se cuidan a las infancias, las características socioculturales del entorno, de las necesidades que el contexto determina. Esto permitirá desarrollar una educación concientizadora al partir de sus referentes y significados, generando un diálogo constructivo, recuperando los saberes, conocimientos e intereses específicos de su vida cotidiana tanto de las infancias como de las y los cuidadores. Así, “la tarea del educador, entonces, es la de problematizar a los educandos, el contenido que los mediatiza, y no, la de disertar sobre él, darlo, extenderlo, entregarlo, como si se tratase de algo ya hecho, elaborado, acabado, terminado” (Freire 1981, p. 94). La fotografía 2 muestra el intercambiode saberes entre mujeres popolucas en Soteapan, Veracruz.

Fotografía 2. Intercambio de saberes entre mujeres popolucas.
Fuente: Juan Alejandro Rodríguez Hernández, Soteapan, Veracruz, 2021.
La formación en salud debe comprenderse en su relación con la vida social. La estrategia de capacitación retoma el constructivismo, porque su aplicación permite recuperar información y aprovechar los saberes, las habilidades y las formas de convivencia cotidiana de los propios padres, madres, cuidadores/as y del personal operativo. El constructivismo hace una fuerte crítica a los procedimientos que promueven el conocimiento en un acto de transferencia, donde el educador es el único dueño del saber, quien percibe a las y los educandos como “vasijas vacías”, que deben llenarse de información proporcionada por el educador/a. Es lo que Freire denominó como “educación bancaria”, en cuya visión el conocimiento es un legado del que sabe, es decir, el educador o educadora. Esta manera de concebir y actuar, restringe el sentido de búsqueda e indagación del proceso educativo. En este tipo de educación bancaria, se despoja a las y los educandos de todo conocimiento y experiencia, así como de toda posibilidad de diálogo. En este enfoque, las y los educandos no saben, se les niega la posibilidad de expresar sus ideas, sus propuestas, se tratarían como meros objetos.
La finalidad del constructivismo, contrariamente a lo anterior, es desarrollar una educación libertaria, concientizadora, que dé espacio al diálogo, a democratizar la palabra, como derecho de todos y todas, útil para reflexionar, disentir, cuestionar, proponer aspectos que son parte de la realidad de las y los educandos. De hecho, sin el diálogo, “no hay comunicación y sin ésta, no hay verdadera educación” (Freire 1973, p.107). Desde esta perspectiva, el diálogo supone la fe, el respeto y el compromiso verdadero por las personas, sus sentimientos y necesidades. También entraña humildad de las y los educadores frente a las y los educandos.
Conclusión
La posibilidad de contribuir en dinámicas de alimentación saludables radica en pensar y detonar acciones sistemáticas de educación para la salud durante los primeros seis años de vida de las personas, en virtud de que “invertir en la primera infancia incide sobre la salud, el aprendizaje y la conducta durante toda la vida; es una oportunidad única para impulsar el desarrollo humano (Zapata y Ceballos 2010, p. 1075). En este sentido, la educación para la salud implica un proceso de generación de aprendizajes, no solo para el autocuidado individual, sino para el ejercicio de los derechos humanos y la construcción colectiva de la salud. Se trata, pues, de una educación para la salud, basada en la comunicación, el diálogo de saberes, la pedagogía activa crítica, participativa y transformadora, misma que reconoce y potencia los conocimientos, los saberes y las experiencias que poseen las y los cuidadores.
Asimismo, se apunta que el proceso de enseñanza-aprendizaje sustentado en el diálogo, permite detonar el intercambio de experiencias y la construcción del conocimiento respecto a la manera en que las y los cuidadores de las infancias se encargan de sus hijos e hijas, específica o puntualmente en torno a los sentidos locales tocantes a la alimentación, a manera de encarar la situación actual: “el mundo enfrenta una severa crisis de alimentos provocada por el sistema económico global, en el cual los alimentos son producidos, procesados, comercializados y consumidos bajo la lógica del capitalismo industrial y la búsqueda de la ganancia” (Velázquez 2011, p. 248).
En suma, los salubristas tenemos un compromiso que debe ser compartido y sostenido en todos los niveles: familia, comunidad, profesionales y Estado, trabajando juntos para y por las infancias, para garantizar que cada niña y niño acceda a una alimentación y una atención en salud de calidad, respetuosas de sus contextos, pero siempre respaldadas por los recursos y redes que merecen para crecer y desarrollarse plenamente.
Conflicto de intereses: Los autores declaran explícitamente que no presentan conflictos de intereses.